Hay momentos del Mundial que no aparecen en ninguna transmisión y que tampoco se reflejan en ningún relato. Están siempre lejos de cuando la pelota rueda o cuando un equipo convierte un gol. Comienza en la habitación de un hotel y con la valija abierta sobre la cama, y al principio cuesta mucho.

Diario de viaje: una hora de espera, una tormenta y la advertencia por el combustible: así fue el vuelo más largo del Mundial en Estados Unidos

Uno tarda varios días en descubrir en dónde tomar un café sin perder tiempo, cuál es el camino más rápido para ir a un entrenamiento, al centro de prensa o al estadio. Dónde comprar una botella de agua, qué aplicación conviene usar para moverse o qué lugar “no te deja a gamba” cuando volvés a las 11 de la noche con hambre y sin ganas de pensar.

Diario de viaje: Miami me recordó a casa por una razón inesperada

Sin darte cuenta, empezás a sentir que esa ciudad ya tiene algo de rutina. Sin embargo, cuando todo empieza a resultar familiar, tenés que irte. Eso me pasó con Kansas City.

Diario de viaje: ¿Por qué Kansas City está siempre limpia? La pregunta que me hago desde que llegué al Mundial

Ocho días alcanzaron para dejar de mirar el GPS cada vez que salía del hotel. Ya sabía dónde comprar una bebida helada para mitigar el calor, conocía el recorrido hasta el centro de prensa e incluso había empezado a reconocer algunas caras. Entonces llegó el momento de cerrar la valija, y Dallas fue volver a empezar.

Otra ciudad, otro estadio, otro hotel, otra manera diferente de moverse y también otra manera de entender los tiempos.

Cuando empezaba a sentir que Dallas dejaba de ser desconocida, apareció Miami; y cuando Miami ya empezaba a tener olor a rutina, llegó Atlanta. Eso también es un Mundial; aprender a vivir con la sensación de estar llegando todo el tiempo.

Cada ciudad tiene un ritmo distinto. En algunas la gente sonríe más, mientras que en otras todo parece resolverse con más apuro.

Hay lugares en los que el tránsito fluye en silencio y otros en los que una bocina alcanza para marcar el pulso de la ciudad.

Hay también restaurantes que terminan convirtiéndose en una costumbre, hasta que dejan de existir porque el viaje sigue.

Entonces volvés a hacer lo mismo. Volvés a buscar un supermercado, a descubrir cómo funciona el transporte, a aprender el camino al estadio y a encontrar un buen lugar para escribir.

PAISAJE URBANO. Atlanta es una de las ciudades principales de Estados Unidos. Foto de Bruno Farano / LA GACETA

En ese ida y vuelta siempre volvés a equivocarte, pero sobre todo volvés a aprender.

Siempre pensé que cubrir un Mundial consistía en viajar mucho, pero ahora también entiendo que consiste en aprender a comenzar de nuevo una y otra vez; casi siempre cada tres o cuatro días.

Quizás ese sea el mayor desafío de esta cobertura. No son los vuelos, tampoco el cansancio y mucho menos las horas sin dormir. Para mí el mayor desafío es esa capacidad de convertir una ciudad desconocida en una rutina; sabiendo que, cuando finalmente lo lográs, probablemente ya sea momento de cerrar la valija otra vez.

Porque el Mundial también se juega así; con una mano sobre el teclado y la otra, casi siempre, acomodando la ropa para el próximo destino.

Uno tarda varios días en descubrir en dónde tomar un café sin perder tiempo, cuál es el camino más rápido para ir a un entrenamiento, al centro de prensa o al estadio. Dónde comprar una botella de agua, qué aplicación conviene usar para moverse o qué lugar “no te deja a gamba” cuando volvés a las 11 de la noche con hambre y sin ganas de pensar.

Sin darte cuenta, empezás a sentir que esa ciudad ya tiene algo de rutina. Sin embargo, cuando todo empieza a resultar familiar, tenés que irte. Eso me pasó con Kansas City.

Ocho días alcanzaron para dejar de mirar el GPS cada vez que salía del hotel. Ya sabía dónde comprar una bebida helada para mitigar el calor, conocía el recorrido hasta el centro de prensa e incluso había empezado a reconocer algunas caras. Entonces llegó el momento de cerrar la valija, y Dallas fue volver a empezar.

Otra ciudad, otro estadio, otro hotel, otra manera diferente de moverse y también otra manera de entender los tiempos.

Cuando empezaba a sentir que Dallas dejaba de ser desconocida, apareció Miami; y cuando Miami ya empezaba a tener olor a rutina, llegó Atlanta. Eso también es un Mundial; aprender a vivir con la sensación de estar llegando todo el tiempo.

Cada ciudad tiene un ritmo distinto. En algunas la gente sonríe más, mientras que en otras todo parece resolverse con más apuro.

Hay lugares en los que el tránsito fluye en silencio y otros en los que una bocina alcanza para marcar el pulso de la ciudad.

Hay también restaurantes que terminan convirtiéndose en una costumbre, hasta que dejan de existir porque el viaje sigue.

Entonces volvés a hacer lo mismo. Volvés a buscar un supermercado, a descubrir cómo funciona el transporte, a aprender el camino al estadio y a encontrar un buen lugar para escribir.

Foto de Bruno Farano / LA GACETA

En ese ida y vuelta siempre volvés a equivocarte, pero sobre todo volvés a aprender.

Siempre pensé que cubrir un Mundial consistía en viajar mucho, pero ahora también entiendo que consiste en aprender a comenzar de nuevo una y otra vez; casi siempre cada tres o cuatro días.

Quizás ese sea el mayor desafío de esta cobertura. No son los vuelos, tampoco el cansancio y mucho menos las horas sin dormir. Para mí el mayor desafío es esa capacidad de convertir una ciudad desconocida en una rutina; sabiendo que, cuando finalmente lo lográs, probablemente ya sea momento de cerrar la valija otra vez.

Porque el Mundial también se juega así; con una mano sobre el teclado y la otra, casi siempre, acomodando la ropa para el próximo destino.